El último ermitaño

Publicado el 07/07/2007 en "Úbeda información
Como muy bien puedes ver, amigo Loren, el espectáculo a pesar de conocido no deja de tener una belleza excepcional: es Cazorla y su sierra desde lo alto de esta Atalaya, cuando el sol ya inicia el declive buscando el ocaso y el tenue velo vaporoso del Valle marca con ráfagas de tornasol cada uno de los rincones serranos del la capital de Adelantado. El catalejo nos aproxima detalles, nos revela matices con tintes de oro de una monumentalidad natural inconmensurable, idolatrada y salvaje que alberga lugares entrañables, como las ermitas de la Virgen de la Cabeza y la de san Isicio, la Peña de los Halcones, los castillos de la Yedra y el de las Cinco Esquinas…; y un poco a la derecha, entre el verde oscuro de la exuberante vegetación de un pequeño barranco, surge dominante la espadaña del Monasterio de la Virgen de Montesión.
Te propongo, Loren, una escapada estival de fin de semana para visitar este genuino establecimiento eremítico habitado por un único ermitaño, fray Antonio Rodríguez Roldán.
Situados, por tanto, en la vieja plaza de Santa María de Cazorla, con atuendo adecuado para andar por un empinadísimo sendero de tres kilómetros. Una hora de marcha en la que daremos buena cuenta del colesterol y pondremos a prueba las piernas y la capacidad de los pulmones. Desde la plaza la emprendemos por el camino de san Isicio hasta llegar, a unos quinientos metros, a la fuente de la Pedriza donde dice la tradición que fue apedreado, lapidado, este santo varón apostólico, hoy patrón de Cazorla. Desde la fuente cogemos a la izquierda y ya no habrá confusión alguna hasta llegar al Monasterio, una preciada joya que Cazorla tiene perdida en su sierra. Si físicamente la marcha supondrá un sedante para la noche, espiritualmente supondrá un deleite para el alma.
El templo fue levantado en año 1607 para alojar en un voluntario retiro monástico a ermitaños de la orden de san Pablo y san Antonio Abad, orden que contaba con diversos establecimientos o conventos a lo largo y ancho de la geografía española. Hay que destacar que la citada orden denominaba con el calificativo de “desierto” a todos y cada uno de sus establecimientos monásticos. Nos encontramos por tanto con la explicable paradoja de un desierto, el “desierto” de Montesión, en medio de un exuberante valle de vegetación enclavado en un idílico paraje del maravilloso Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Desde la fundación sus muros sólidos y austeros han sido testigos mudos del paso de cientos de ermitaños que se han ido sucediendo durante generaciones. La norma de convivencia se fundamentaba en el más absoluto silencio y la filosofía existencial del ermitaño se resumía en tres palabras: “ora et labora”. Así se desarrollaba la pacífica vida de los eremitas hasta que en 1836, con la desamortización de Mendizábal, el Monasterio pasa en propiedad al Ayuntamiento de Cazorla. Los ermitaños se ven obligados a abandonarlo y el monumento va entrando en una oscura etapa de abandono, no obstante sirve de morada a varias familias de pastores, a quienes el Ayuntamiento cede en arrendamiento. En 1971, con el último alcalde la dictadura, el Monasterio es cedido nuevamente a la orden de san Pablo y san Antonio Abad, conservando el Consistorio cazorleño la propiedad. Llegan cinco ermitaños procedentes del convento o “desierto” de Albox (Almería), entre ellos figuraba nuestro conocido hermano Antonio Rodríguez Roldán, fray Antonio, actualmente único inquilino del Monasterio. La Orden de san Pablo y san Antonio Abad es disuelta por falta de vocaciones en el año 1999, los pocos miembros que aún la componían se integran en órdenes afines: franciscanos y cartujos, entre otras. A pesar de ello nuestro querido fray Antonio sigue fiel y en su destino en el Monasterio de Montesión de Cazorla, lo que le convierte en un caso excepcional dentro de España. Por razones obvias el silencio le es obligado, no así el sacrificio y la mortificación voluntarios como nos lo recuerdan el flagelo y el cilicio que aún conserva.
Con motivo de la celebración del cuatrocientos aniversario de la fundación del Monasterio, la tradicional romería del último domingo de septiembre tendrá un carácter excepcional. Motivo por el cual, desde nuestra Atalaya, le dedicamos nuestra mayor admiración respeto y cariño a fray Antonio, el último ermitaño.

Manuel Almagro Chinchilla

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