De Semana Santa

Publicado el 31/=3/2007 en "Úbeda Información"


Ya tenemos la Semana Santa detrás de la esquina, amigo Loren, y me
figuro que como todos los años iremos temprano a Santa María a ver salir El Paso. Quedamos en la plaza; en la plaza del reloj, claro, un cuarto de hora antes de las siete y cogemos Real abajo... No te retrases mucho que ya sabes que se junta un río de gente y luego la plaza se pone de bote en bote y nos tenemos que quedar lejos de la puerta por donde sale y no me gustaría perdérmelo. –Bueno, querrás decir que iremos a ver salir a Jesús de las Aguas ¿no? --¡Vaya por Dios, Loren! ¿A ti también te han dado los aires del modernismo?, toda la vida de Dios ha sido "El Paso" y ahora pretenden que prevalezca el nombre de “Jesús de las Aguas”. Cierto que era el nombre por el que se le conocía hace siglos, legítimo; pero bien sabes que nosotros no hemos conocido a nadie que le llamara así, no lo tenemos en nuestra memoria histórica. No sería bueno que se perdiera El Paso, mi dilecto y caro amigo, la Semana Santa de Úbeda sonaría de otra manera; aunque quién sabe, Loren, el tiempo lo cambia todo. Se han perdido muchas pequeñas cosas semanasanteras de las que había cuando éramos niños, de cuando nuestros padres nos montaban a “pimpirinetes” para ver las procesiones que con tanta ilusión esperábamos todo el año.
Todo empezaba con traje y zapatos nuevos el domingo de Ramos. “el que no estrena nada se le cae las manos”. En la Trinidad, la salida del “Santo Borriquillo” (otro nombre para no perder, toma nota Loren) era recibida con la habitual cohetería ensordecedora que obligaba a refugiarnos en los portalillos y acallaba las voces de vendedores de “puritos americanos”, quienes con cesta de mimbre en ristre ofrecían aquellos cilindrillos de rojo caramelo enroscados en una hebra blanca hecha de la misma masa que los “cuquitos” y que por “dos reales” la unidad te convertías en el más pudiente poseedor de las golosinas conocidas.
Salvo la expectante visita que hacíamos el Miércoles a la Santa Cena, entonces todavía inacabada, expuesta unas casas más abajo del antiguo bar Molina (hoy Atalaya) ya no había más procesiones que ver hasta el Jueves Santo, en el que tres procesiones nos tenían en la calle todo el día: la Oración del Huerto que salía de Santiago. La Columna ejercía un irresistible poder de seducción, era la mejor, nuestra preferida, con su incomparable banda de tambores y trompetas a la que admirábamos y seguíamos con celo; nada tenía que envidiar a la de la Guardia Civil, otra gran ausente y que en nuestra niñez dos compañías de alumnos de la Academia cerraban el desfile procesional en cada Paso. La Humildad finalizaba su recorrido al anochecer cuando ya teníamos puesta la mirada y las inquietudes en la jornada siguiente, Viernes Santo, el día grande de Úbeda.
Nos acostábamos pronto para estar de pié temprano con hora de ver salir El Paso. Inenarrables momentos de emoción vividos en una fría mañana de un día de incipiente primavera, bajo los acordes escalofriantes del Miserere. Una pieza musical que exige estricta fidelidad a la interpretación original, cuyas notas erizan la piel, desborda de emoción y contiene el aliento a toda una plaza abarrotada de gente que guarda un silencio sepulcral. Recordarás, amigo Loren, cómo íbamos bien pertrechados con alguna de las viandas del tiempo: hornazos, ochíos (de ribete) y roscos de Jesús; fuente de calorías que nos permitían mantenernos en pie y presenciar con expectación el interminable desfile de los morados penitentes del Nazareno, seguidos de otro inacabable par de filas de “contritos” encapuchados (y encapuchadas) que blandían sin esmero livianas cruces invertidas colocadas bajo el brazo y a los que tú llamabas “tíos mantequeros”. Cierto que no les ocultábamos nuestra fobia por el irrespetuoso descaro con que hablaban disputando un lugar en la fila y miraban indolentes al público de las aceras, enfundados en sus hábitos y cabezas cubiertas con aquel truncado y lacio capirucho que los dotaba de un seguro anonimato. El día era ajetreado por el afán de no perder ni una sola salida de los santos, hecho que no privaba ni nos restaba tiempo para jugar con mil y un enredos. El signo de distinción en el juego lo confería la posesión de una de aquellas pelotas “cariocas”; era el súmmun, lo último, el despiporre en diversión: Como una naranja atada a un extremo de una estrecha y delgada tira de goma elástica de un metro, el otro extremo se anudaba al dedo corazón para impulsarle con la palma de la mano un movimiento de vaivén al tiempo que se iniciaba la cuenta de golpes dados a aquella pequeña esfera. Recordarás, amigo Loren, cómo a más de uno tuvimos que convencer de que había otra forma de contar veinte: “Uni - doni - treni. catoni - quini - quineta - estaba - larreina - sentá - ensusilleta - vino - Gil - apagó - elcandil - candil - candilón - cuenta - lasveinte - quelasveinte – son”.
En la tarde del Viernes, al igual que hoy, Úbeda toda se hace alfarera en el barrio de San Millán por ver salir a la Patrona de albañiles, ceramistas y cacharreros: Indescriptible la veloz y fugaz subida del trono de la Virgen de la Soledad por la empinada cuesta de la Merced abriéndose paso entre una abigarrada masa de público flanqueado por dos hileras de hermanos con tulipa, ataviados con la tradicional túnica de capucha a cara descubierta y olor a alcanfor. Por la noche: ¡el éxtasis!, Úbeda y forasteros se echan a la calle con la Procesión General. Desde los prolegómenos, las cofradías rivalizan desafiantes con clarines y bandas de tambores y trompetas camino de Santa María entre una multitud de público que las aclama y que ya se ha adueñado del itinerario urbano compitiendo por el mejor lugar donde pasar las tres horas del desfile.
Tras el Resucitado, única procesión del domingo de Pascua, y antes de que la nostalgia se apoderara de nuestro ánimo aún infantil arrastrándonos hasta el año siguiente, apurábamos el par de días de vacaciones restante haciendo una fiel réplica semanasantera que copaban las calles de nuestro antiguo y querido barrio de San Lorenzo.
Toda una tradición que ya va acusando cierto declive, mi viejo y querido amigo Loren, quizá por la falta de participación, como vamos comprobando. El uso indiscriminado de nombres y símbolos cofrades en ferias y fiestas varias ¿desvirtúan la esencia de la Semana Santa? No lo sé, Loren, hay más cosas…Sería un buen tema de análisis para una próxima misiva epistolar.

Manuel Almagro Chinchilla
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Procesión de Nuestro Padre Jesús Nazareno, “El Paso”

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